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Wild Wild Country: De la utopía New Age a la pesadilla bioterrorista

Que lindo.

En el cine hay ciertos temas que nunca pasan de moda: casas embrujadas, dramas maritales y atracos a bancos son algunos de ellos. Thrillers de asesinos, historias de superación y el camino del héroe son otros. Pero si hay un tema jugoso, son las sectas. Cientos de personas vestidas de un mismo color, con la mirada perdida y extasiada, todas siguiendo a un líder mesiánico al punto de estar dispuestas a matar por él. ¿Cómo no sentirse atraído por la fe ciega y absoluta que mueve a estos grupos? 

Para desgracia de los morbosos que disfrutan de ver los engranajes detrás del lavado de cabeza colectivo, los cultos suelen ser herméticos sobre su estilo de vida precisamente para evitar la ridiculización y el escarnio público. Pero en los lejanos años ochenta hizo su aparición un grupo atípico, que renegó de la timidez y la actitud defensiva que caracteriza a la mayoría de las sectas y se lanzó de lleno a una ofensiva comunicacional y política. 

Eran los rajníshes. Los seguidores del gurú espiritual y escritor best-seller Bhagwan Shree Rajneesh (más tarde conocido como Osho), que construyeron con sus propias manos una enorme ciudad con aeropuerto, centros comerciales y túneles secretos en un rancho despoblado de Oregon, Estados Unidos. 

Esa es la historia que cuenta Wild Wild Country, una serie documental de Netflix que nos transporta a la comunidad de Rajnishpuram, un loco experimento hippie-budista-new age que quiso mostrarle al mundo un nuevo estilo de vida que uniría el materialismo occidental con la espiritualidad de Oriente. En resumen: sexo al aire libre, relaciones poliamorosas y calzoncillos con la cara de Osho estampada. 

Claro que si todo hubiera sido tan bonito como se pretendía en un principio, no tendríamos este pedazo de documental de seis horas de duración.

Al poco de instalarse en el condado de Wasco, los rajníshes y los habitantes del lugar iniciaron una especie de guerra fría que terminó por estallar en 1984 en un caos criminal que involucró al estado gringo, a los productores de El Padrino y un par de castores molidos en licuadoras e introducidos en el suministro de agua local. 

Para que se hagan una idea de la magnitud del escándalo, estamos hablando del fraude migratorio más grande de la historia de Estados Unidos, una cantidad de grabaciones ilegales que a una persona trabajando ocho horas diarias le tomaría dos años escuchar por completo, intentos de magnicidio y un ataque bioterrorista que tenía por objetivo boicotear las elecciones federales. 

La historia de Rajnishpuram es tan loca, excesiva y disparatada que por momentos uno piensa que todo esto quedaría la raja en una película o serie de ficción. Pero a medida que pasan los capítulos y la cosa se empieza a poner más y más surrealista quedando claro que la única manera de que el espectador se crea lo que le están contando es mostrándole las grabaciones de la época. 

Por suerte existe una cantidad obscena de material de archivo sacado de la prensa de esos años y de los mismos rajníshes, que jamás le hicieron asco a las cámaras ni a la publicidad gratis. Solo imaginar la enorme labor de edición que hubo detrás del documental hace que uno se sienta abrumado, y es que Wild Wild Country tiene un montaje tan ridículamente cuidado que cada fragmento de imagen mostrada tiene su correspondencia en la narración que la acompaña. 

Narración realizada por los mismos involucrados en el escándalo, vale la pena destacar. Porque uno de los puntos fuertes del documental es que no cuenta con un narrador omnisciente que nos restriegue su punto de vista en la cara, sino que son los mismos personajes los que van contando su versión de lo ocurrido para que saquemos nuestras propias conclusiones. 

Habría sido muy fácil presentar a los rajníshes como un grupo de fanáticos criminales, pero los realizadores deciden mostrarnos, además de las atrocidades cometidas por la comunidad, una historia de xenofobia, intolerancia religiosa y abuso de poder en que los responsables son los mismos habitantes del condado de Wasco. 

Al final, uno termina preguntándose qué habría pasado si ese puñado de viejos conservadores y reaccionarios no hubiera intentado boicotear desde el principio a la comunidad rajnish, cuyos integrantes solo buscaban un lugar donde practicar sexo descontrolado y pasear desnudos por las calles. Y alcanzar el nirvana también, claro. Pero eso es secundario. 

La verdad es que los rajníshes nunca tuvieron oportunidad. Sus creencias eran demasiado diferentes y sus objetivos muy ambiciosos. Esa misma ambición cegó a sus líderes, que en unas luchas de poder dignas de Game Of Thrones terminaron por cagarse a las personas comunes y corrientes que habían encontrado en Rajnishpuram un lugar libre de tabúes y absurdas normas sociales impuestas desde fuera. 

Y sí, los líderes son unos criminales sin tapujos. Pero son los criminales más carismáticos que se pueden encontrar en Netflix (quién te conoce, Casa de Papel). Sorpresivamente, el protagonista del documental no es Osho, quien se revela como uno más de la larga lista de charlatanes espirituales que hay repartidos por el mundo. 

Quien se roba la serie es su secretaria personal y mano derecha, Ma Anand Shila, una especie de Daenerys sociópata de presencia magnética e impresionante carerrajismo que logra sacarte una sonrisa cómplice mientras te cuenta su plan para envenenar a una ciudad entera o para administrar inyecciones letales a escondidas durante las sesiones de meditación. 

Como dijimos arriba, todos los elementos en Wild Wild Country están obsesivamente cuidados, incluyendo su banda sonora. Sus canciones están elegidas con una precisión que pocas veces se ve en documentales. No se trata solo de música incidental, sino de un folk que calza a la perfección con el paisaje salvaje en que se desarrolla la historia y que da nombre a la misma serie. 

Así que ya saben. Seis capítulos de una hora cada uno que pueden ver rait nau en Netflix. Con los dos primeros episodios te darán ganas de armar las maletas y partir a tu comunidad sanniasin más cercana. Los siguientes cuatro harán que vuelvas a tu asiento con la ceja levantada preguntándote cómo chucha no habías escuchado nada de esto antes. Mejor así, porque la historia está tan llena de giros que si no la conoces te quedarás pegado hasta la madrugada viendo este carnaval de crimen, nudismo y fanatismo religioso. Advertidos quedan.

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Remedo de periodista. Fanático del terror en todas sus formas y lector furioso. Tendiente al pánico por la acumulación de libros apilados en el velador y películas sin ver en el disco duro.

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