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Honeyland (2019): El mundo moderno es un lugar miserable

Allá donde no vive nadie.

Honeyland se encuentra nominada a los premios Oscar en la categoría mejor documental y mejor cinta extranjera, una categoría que no había tenido un documental dentro de sus nominados hasta el momento y es solo la confirmación de su exitoso paso por otros festivales: Ganadora de tres premios distintos en Sundance y alabada por la crítica Honeyland es un trabajo de no ficción que se enfoca en la solitaria vida de Hatidze Muratova, una apicultura que aún mantiene una extensa tradición de cosechar miel de abejas silvestres, una técnica desconocida para gran parte del mundo.

Localizado en Macedonia, a ratos parece ser una obra con un guión establecido pero a medida que se desarrolla queda claro que todo es tanto fortuito como deliberado.

El proyecto de Tamara Kotevska y Ljubomir Stefanov comenzó como un video informativo con respecto a la región circundante al río Bregalnica, al norte de Macedonia. Sin embargo, el enfoque cambió a medida que el equipo pasó tiempo grabando a Muratova, logrando aproximadamente 400 horas de metraje que fueron condensados para dar vida a Honeyland.

Muratova vive en el pueblo de Bekirlija, más bien, un trozo de montaña con dos casas. Una para ella y su mamá postrada en cama, mientras que la otra se encuentra habitada por sus vecinos, un matrimonio con varios hijos. Sin electricidad, sin agua potable. A veces, con el uso de rudimentarias antenas, tenían señal para una pequeña radio a pilas.

Descendiente de turcos, Muratova aprendió a compartir y ser responsable con las abejas. En escenas se la ve cantando, mientras recolecta miel, dejando la mitad de la producción de las mismas abejas en su lugar. Su tranquilidad desaparece cuando Hussein Sam junto a su familia se mudan a su lado, un apicultor nómada con una única motivación, entregarle una forma de sustento (no amigable con el medio ambiente) a sus hijos.

Honeyland es crudo. Al menos para la mayoría de la audiencia que tendrá acceso a él, la vida de Muratova es desdichada. Los animales tienen expresiones miserables. Las pocas personas que aparecen en las imágenes viven sobre pisos de tierra, con ropas destrozadas y con pocas o nulas comodidades modernas. Es un lugar alejado en todo sentido.

Incluso dentro de la tranquilidad de Muratova, en una vida que se concentra en recolectar miel; vivir casi en comunión con las abejas, hay muchos aspectos alienantes. Su trayecto a Skopje (capital de Macedonia) es de cuatro horas. Cuida a su madre de 85 años. Viven en una pequeña choza rodeada de piedras con una estufa minúscula. Todas esas ideas que nos parecen foráneas, a las que entra en contacto solo en contadas ocasiones no parecen afectarle.

Muratova se ve feliz, llena de gozo comiendo miel directamente desde el panal. Compartiendo con el zumbido de los insectos, con los hijos de sus vecinos, con los pocos perros que se encuentran en el lugar.

Para el espectador habituado a un mundo conectado todo el tiempo, con servicios que consideramos básicos y con la habilidad de poder pedir un delivery de comida a casi cualquiera hora del día, la vida de Muratova y su madre es un escenario inmisericorde. Es un lugar tan alejado de las tasas de desempleo, los crecientes niveles de envejecimiento y de endeudamiento que parece un siglo distinto, pero, la codicia vive en cualquier parte.

El vecino de Muratova, Hussein ignora los consejos de esta, recolectando toda la miel posible para cumplir con el pedido de un comprador. Los efectos de aquella decisión son visibles para ambos.

La vida de la apicultura desafía los principios del mundo moderno, uno que está sentado en las bases de un capitalismo salvaje. Donde los beneficios se los lleva solo aquel que puede tomar todo lo que puede y más, no solo lo que necesita para sobrevivir. A ratos, Muratova se convierte en una figura heroica, casi redentora.

En un momento histórico para la humanidad en que especies animales están desapareciendo, inmensos ecosistemas perecen día a día y el futuro se ve similar a Mad Max, la sencillez de su vida y valores entrega un poco de esperanza.

Honeyland es bastante silencioso. El trabajo de Kotevska y Stefanov se basa en presentar con la menor intervención posible la vida de Muratova. Es un ejercicio en el estudio de un personaje. Debido a ese nivel de intimidad, donde la cámara casi se convierte en un par de ojos que viven esa realidad, todo parecer ser mucho más horriblemente real. El documental termina de la mejor forma posible: Muratova comparte un poco de miel junto a un perro, ambos sonriendo al atardecer.

Dentro de toda la tristeza, tanto por la inminente muerte de su forma de vida como la sencillez de esta, Honeyland logra entregar un poco de optimismo raro dentro de tanta desolación.

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김치볶음밥

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